.Sensibilidad (I).
Todo se vuelve distinto desde el instante en que te enfrentas cara a cara a la muerte, a partir de esa milésima de segundo aprendes a convivir, a sobrellevarla y en ocasiones, a luchar contra ella.
Siempre fui partidaria del sector mas desfavorecido, del colectivo de extraños interiores desconocidos para la sociedad. De pequeña pasaba horas en la calle, tirada en el pavimento al lado de cualquier “desplazado social”. Sonreía e imaginaba escuchando la historia que me contaban sus ojos, siempre, salvo en algún exclusivo caso, sus palabras solían enredarse en un juego irónico con el humo y el alcohol. Me enseñaban su vida en la palma de la mano y jamás pensaban sobre que pensarían, se limitaban a coleccionar billetes de trenes que nunca llegaron a tomar. Conforme pasaba el tiempo, el rebaño de soldados sin uniforme me alejaba de mi realidad, aquellos especialistas en raptar sueños mermaban mi imaginación y mi sociabilidad, ya no pasaba horas en la calle, ni sonreía al escuchar historias de desconocidos, mi limitación alcanzaba al resto del mundo. Y en ese alejamiento a priori perpetuo encontré un atajo, medio escondido entre falsas promesas, para volver a mi.
Fue entonces cuando le conocí. Tenía un aire descuidado y un gran puesto de trabajo que le servía para aparentar ante su mejor perfil, el oculto. Apenas coincidimos un par de veces en los pasillos de aquel armazón superfluo, lo suficiente para encontrarnos con la mirada y necesitar más.
Meticuloso, efectivo y organizado. Realizaba trabajos sistemáticos y aburridos, desarrollaba el ingenio tan solo cuando perdía la mirada en el infinito y después volvía a su papel. Pasaba horas encerrado entre cuatro paredes, revisando archivos y elaborando documentos que sirvieran como mero tramité para engordar la riqueza de algun privilegiado que vestía de traje. A veces le encontraba buscandome con la mirada, yo me mantenía fija ante sus ojos, llegando incluso a crear una tensión palpable pero extrañamente llamativa.
El resto solía abandonar su puesto de trabajo a la hora prevista, en pocos minutos desaparecia el ruido infernal de la rutina, ya no se escuchaban tacones apresurados de una lado para otro ni golpes en las puertas. Todo quedaba en una apacible oscuridad apenas violada por el tenue de unas pocas luces de emergencia. El seguía allí, alborotando cajas olvidadas mientras mantenía el ritmo de sus dedos sobre la madera. Yo le observaba, atónita, envidiando el control que evidenciaba sobre su otro yo.
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