.El Principio II.
Barcelona amaneció en calma. Sobre la Catedral comenzaban a vislumbrarse los primeros rayos de un tímido sol de invierno. La niebla tétrica de la noche anterior había desaparecido dejando paso a la luz más pura y serena. Una suave brisa despertaba la calle de la Cera que no tardó en llenarse de gargantas gitanas clamando atención.
Sus tacones hacia poco que habían vagado por esas calles. Casi de madrugada rompía el silencio con un caminar rápido, como desesperado. Introdujo la llave en la cerradura, con bastante dificultad y subió las escaleras hasta el tercer piso. Olía a humedad, a viejo. Los escalones, medio desprendidos, dejaban en vacio trozos de terrazo desgastado. Abrió la puerta. Todo estaba tal y como lo había dejado hacía unas horas. La cama deshecha, un cementerio de colillas en el cenicero, un vaso con las últimas gotas de ginebra y la nevera completamente vacía.
Apenas tenía 50 metros cuadrados. Su escondite oscuro se situaba en un antiguo edificio del barrio de El Raval. Lo que la cautivó cuando se decidió a alquilarlo fue su enorme balcón, su pulmón gigante. Las paredes estaban a medio pintar, bien por dejadez o por falta de presupuesto. El suelo, de madera agrietada, gruñía con cada paso. Estaba desordenado, había ropa y papeles por cualquier rincón. Una mesa auxiliar de metal oxidado se encontraba en el centro del comedor. Nunca se posó un plato sobre ella, tan solo algún vaso lleno de carmín y un cenicero medio roto. Un pequeño flexo apuntaba a la cama, no tenía apenas muebles ni decoración, el sofá cubierto por una sábana vieja que había perdido su color rellenaba el espacio. Un televisor destartalado decoraba el asiento de un taburete. No funcionaba. Junto a el, una botella de ginebra medio vacía. Tan solo un retrato iluminaba el habitáculo. En el una niña, de escasos dos años, mostraba su sonrisa mas grande. El resto estaba oscuro.
Yacía en la cama, semi-desnuda. Un sonido lejano la despertó de su letargo…
[Seguirá continuando...]